Diligentes en el servicio al Señor
Romanos 12:11: «En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor». El predicador explica que este versículo es el corazón o engranaje de todo el capítulo 12, estructurando el mensaje en cuatro grandes áreas donde el cristiano debe mostrar diligencia:
Presentarse como sacrificio vivo: A diferencia de los sacrificios del Antiguo Testamento donde el animal era llevado inerte, el cristiano se presenta por voluntad propia, consciente, vivo y santo ante Dios como una respuesta agradecida a Sus misericordias y a la salvación en Cristo.
No amoldarse al mundo: No dejarse moldear por el sistema del mundo, sino ser transformados mediante la renovación de la mente a través de la Palabra de Dios para comprender su voluntad buena, agradable y perfecta.
Pensar de sí con cordura: No tener un concepto más alto del debido, reconociendo que todos en la iglesia son iguales e importantes.
Un cuerpo con diversas funciones: Todos los creyentes forman un solo cuerpo en Cristo y han recibido dones espirituales (servicio, enseñanza, exhortación, dar, liderar, misericordia).
Poner los dones en acción: Los dones no se deben esconder ni guardar para buscar un título o reconocimiento, sino usarse diligentemente para el beneficio y edificación de la congregación.
Amor sin fingimiento (sin máscara): Un amor sincero, fraternal y práctico que se demuestra con hechos y no solo con palabras.
Actitud mutua: Preferirse unos a otros en honra, gozarse en la esperanza, ser constantes en la oración y pacientes en la tribulación.
Acción práctica y hospitalidad: Compartir para las necesidades de los hermanos (abrir las manos) y practicar la hospitalidad (abrir las puertas del hogar).
No pagar a nadie mal por mal: Procurar lo bueno delante de todos los hombres y, en cuanto dependa de uno, estar en paz con todos.
Dejar la venganza en manos de Dios: Renunciar a la venganza personal, confiando en la justicia del Señor.
Vencer el mal con el bien: Si el enemigo tiene hambre, darle de comer; si tiene sed, darle de beber. La conducta cristiana transforma y desarma el odio mediante la gracia y el amor.
El servicio cristiano no es un título honorífico, sino un llamado a la acción. Para sostener una vida consagrada, activa en los dones, llena de amor y victoriosa sobre el mal, se requiere diligencia constante y la llenura del Espíritu Santo («fervientes en espíritu, sirviendo al Señor»).